Viajamos en coche desde Madrid. Ya llevamos más de dos horas y nos vamos acercando a la provincia de Salamanca. Empieza a notarse en el paisaje. Estamos a finales de invierno y asoman los verdes chillones contrastados con el marrón y las encinas. La Dehesa salmantina hace su aparición en pocos minutos. Está nublado y el cielo es blanco puro. Pero una vez que accedemos a la Hacienda Zorita Wine Hotel & Spa pienso que no importa, a pesar de que las fotos puedan perder fuerza y contraste.
Nos adentramos en una especie de santuario medieval, un retiro de piedra espacioso con varios monumentos. Aquí hay historia intramuros. También viñedos. Una casona (en su día fue monasterio) que acoge muchas de las habitaciones, recreando las celdas de los frailes; jardines, estatuas y bodega. Una capilla. El río Tormes atraviesa la Hacienda, hay un puente y un antiguo molino, ahora reconvertido en Spa. Pienso que aquí, en Zorita, se tiene que disfrutar durante las cuatro estaciones del año. Con frío y calor, con nubes o sol. Hasta con lluvia y nieve.





Nos dejan las maletas en la villa en la que vamos a alojarnos, y nos citan a las 19.00 horas en la Plaza del Marqués de la Concordia (que no es otro que José Abascal). Nos espera Marina la enóloga para contarnos la historia del lugar y después ofrecernos una cata de vinos, queso y ron. Cortesía de la Hacienda hacia todos sus huéspedes, que por cierto, hay varios más ese día y algunos son extranjeros. Están fascinados.
Marina Nos explica que la Hacienda fue un regalo de Doña Inés de Limoges a los padres Dominicos en 1336. Los monjes, siempre diligentes y audaces, hicieron florecer el complejo trabajando el vino y otros productos de la tierra, y alojando a personajes ilustres. El mismísimo Cristóbal Colón fue uno de los huéspedes de la Hacienda. Durante su estancia, logró convencer a los catedráticos de la Universidad de Salamanca de la viabilidad de la ruta hacia las Indias. Esto ocurría en el año 1487 durante las llamadas Conferencias de Valcuevo.




Entramos en la bodega, cuyo techo es una carabela invertida, en honor a nuestro célebre descubridor. Durante la cata, Marina nos regala una buena dosis de cultura enológica. Olemos primero, luego saboreamos. Un vino blanco verdejo DO Rueda, y dos tintos DO Arribes del Duero, Crianza y Reserva. También catamos tres variedades de quesos que producen ellos mismos en una granja cercana. Y para terminar, un ron Sister Isles con triple envejecimiento procedente del Caribe Británico. Está exquisito, para tomar sólo y sin hielo. Después, otro vino en la Casa Grande, lo que fue el antiguo monasterio, donde hay varios espacios y rincones, un salón con chimenea y el Coolumbus Bar. A las 21.00 hemos reservado mesa en el restaurante Zorita’s Kitchen, que propone una cocina con raíces inspirada en su propia Organic Farm. Degustamos jamón ibérico de bellota (cortado a cuchillo en directo), y otros embutidos; quesos Zorita (repetimos) y Entrecôte de Vaca Limusina. El vino, por supuesto, by Marqués de la Concordia. La llegada no ha podido ser mejor.


Solo nos queda conocer el Spa, y allí vamos por la tarde. Está ubicado en un antiguo molino de agua. Tiene vistas al río Tormes y ofrece tratamientos naturales basados en el vino y en el aceite. Por fin el blanco se despeja del cielo y el atardecer nos sorprende con colores rosas y amarillos. Otra cena, más vino y buen sueño en la villa donde estamos alojados, con vistas a los viñedos. Despertarse aquí es un placer. Al igual de desayunar (el buffet es muy variado y rico) La villa tiene un pequeño jardín pero el frío no nos ha permitido disfrutarlo. A la próxima seguro, porque esperamos volver.




